La Habana, capital de todos los cubanos desde el siglo XVI, es una de las ciudades caribeñas con patrimonio cultural más rico y antiguo: cosmopolita, alegre y desprejuiciada, donde lo moderno y lo antiguo conviven para ofrecer un ambiente de eclecticismo visual, que armoniza con el carisma singular de las personas que la habitan.
Fundada en 1519 en su actual y definitivo emplazamiento, la fortuna de la villa de San Cristóbal de La Habana se debió en gran medida, y virtualmente desde su nacimiento, a la excepcional ubicación geográfica de su bahía, escala obligada en las rutas marítimas del Nuevo Mundo. Esta propia condición fue una de las razones históricas esenciales que determinaron el ulterior desarrollo de una ciudad que impacta por la diversidad arquitectónica de sus barriadas y cuyo núcleo primario —donde hoy se conserva una excepcional colección de edificaciones construidas en torno a un sistema de plazas y pequeñísimas plazuelas junto a su sistema de fortalezas— fuera declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1982.
Descubrir la llamada Habana extramuros, sin embargo, resulta tan apasionante como desandar las estrechas calles de la vieja ciudad. El afamado malecón habanero, de unos 12 kilómetros de longitud y considerada la imagen más característica de la ciudad, enlaza al centro tradicional con la populosa barriada de El Vedado, desde cuyo corazón, La Rampa puede accederse fácilmente a otros sitios de interés turístico como la Plaza de la Revolución y el Memorial José Martí, el más alto mirador de la ciudad, con 138.5 metros de altura sobre el nivel del mar.
Más de 15 kilómetros de franja costera, arenas finas y aguas azules y transparentes se extienden entre Bacuranao y Guanabo conformando un circuito náutico que los habaneros identifican sencillamente como las Playas del Este, y en el cual suelen destacar por sus atributos naturales a Santa María del Mar. |